Vamos ahora con Lucas.
Lucas escribe para una comunidad mayoritariamente de cristianos de origen pagano. Conocen muchas tradiciones judías, pues son creyentes que probablemente se sentían ya atraídos por el judaísmo y que desde ahí han descubierto el camino de Jesús.
Por eso, en Lucas no encontramos ni las fórmulas del cumplimiento de las profecías ni los episodios que relacionan a Jesús con Moisés. Sin embargo, en un contexto más romanizado, Lucas va a presentar a Jesús como la antítesis del emperador Augusto.
Sin embargo, sí que le interesa unir a Jesús con las tradiciones mesiánicas y sitúa el nacimiento también en Belén y como descendiente de David. Mientras que Mateo coloca ya a toda la familia en Belén desde el principio, Lucas tenía que llevarlos allí desde Nazaret.
Para ello utiliza la estratagema literaria del censo de Quirino, gobernador de Siria. Digo que es una estratagema porque históricamente no pudo ser así. No fue como dice el texto un censo de todo el imperio, una misión más que imposible, tampoco coincidió en el tiempo con el nacimiento de Jesús y, por supuesto, un censo romano no exigía el desplazamiento del lugar de residencia al de nacimiento. Es verdad que no existía la misma movilidad que ahora, pero os imagináis lo que hubiera significado algo así, con miles de ciudadanos moviéndose al mismo tiempo de un lugar a otro… una pesadilla burocrática y un desastre fiscal.
Lo que querían los romanos es saber cuánta gente vivía en un sitio para poder cobrar los impuestos correspondientes, así que precisamente lo que se pedía era lo contrario a lo que dice Lucas: que la gente estuviera en su casa cuando se hiciera el censo.
Pero la mención del censo al principio de la historia tiene otra función además de la de llevar a los protagonistas hasta Belén. Lucas quiere conectar desde el principio a Jesús con el emperador Augusto. El emperador es presentado por la teología oficial romana como “Señor”, “Salvador del mundo”, “Príncipe de la Paz”… El nacimiento de Jesús “representa un desafío a la propaganda imperial y al modo en que se había divinizado el ejercicio del poder para justificar la opresión y la muerte en nombre de una supuesta paz sin justicia ni fraternidad” (Luciani, 2025).
A continuación, Lucas describe cómo fue el nacimiento, cosa que Mateo no había hecho: parto, pañales, pesebre, falta de sitio en la posada… Jesús, antagonista de César Augusto, nace en la más absoluta pobreza e indefensión; sin poder, sin armas, sin ejército, sin propiedades, a la intemperie.
Un detalle curioso… el texto no menciona ni mula ni buey. Podemos pensar que si había un pesebre, habría animales cerca. Pero en realidad, es una tradición que se remonta a un texto de Isaías y que recogerá la sabiduría popular en los primeros “nacimientos” medievales: “conoce el buey a su dueño y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no conoce y mi pueblo no discierne” (Is 1,3). Es decir, su presencia es un toquecito para que no nos creamos por encima de nadie, pues esos dos animales conocen mejor a Dios que muchos sabios y gentes religiosas.
En Lucas, el papel de los magos lo juegan los pastores. Ellos son los primeros que descubren al niño recién nacido gracias a una revelación angélica. Pero, ¿por qué Lucas escoge pastores para ser los destinatarios de este anuncio? Hay que recordar que Lucas es un evangelista muy interesado en los marginados de la sociedad; es el evangelista que más habla de los pobres como destinatarios del anuncio de la Buena Noticia. Y así lo hace desde el principio.
Los pastores representan a los marginados de la sociedad. En el Israel de la época era un oficio impuro debido a que estaban en contacto con los animales y con su sangre, dormían a la intemperie y no cumplían la Ley; tenían mala reputación, eran rechazados por los judíos piadosos y se les consideraba personas de mala vida. De hecho, no eran testigos fiables, se les consideraba ladrones y deshonestos que con frecuencia hacían pastar a las ovejas en campos ajenos e incluso robaban animales de otros rebaños.
Con ese panorama resulta que son los escogidos para recibir la noticia del nacimiento. Desde luego, no podemos decir que tuvieran mucho márquetin.
El ángel les anuncia la buena noticia del nacimiento de “un Salvador, que es el Mesías, el Señor”. Con estos títulos, Lucas habla de la calidad del mesianismo de Jesús que se enfrenta al de otro que se proclama a sí mismo Salvador del mundo entero y Señor, es decir, el César Augusto. Dicen Borg y Crossan en su estudio sobre la primera Navidad que llamar a Jesús Señor en el contexto del imperialismo romano sería como llamarlo “Führer” en la Alemania nazi… y ya sabemos lo que le hubiera pasado a alguien que hubiera proclamado tal cosa en aquel momento.
Tras el anuncio del ángel, aparece no uno, sino una multitud de ellos para proclamar: “Gloria a Dios en lo alto del cielo y paz a los hombres que él ama”. Nótese que se utiliza la expresión “multitud del ejército celestial” o “legión de ángeles” en clara contraposición con las legiones del ejército romano.
Nuevamente es una respuesta a la teología imperial romana. Para entender el alcance subversivo del texto de Lucas, se puede recordar por ejemplo, una inscripción encontrada en el templo de Priene, cerca de Éfeso, dedicado a “César Augusto , el hijo de Dios”, que dice lo siguiente: “la buena nueva del nacimiento de un niño divino que salvará al mundo de la destrucción estableciendo una paz permanente”. O también, como el 9 aC se erigió en Roma el famoso altar de la Paz, de la Pax Romana o lo que era lo mismo la Pax Augusta.
La pregunta que surge es ¿en que se diferencia este evangelio de la paz de Augusto con el evangelio de la paz de Jesús? La paz del imperio es la paz mediante la victoria y el sometimiento o la destrucción de los enemigos. La paz de Jesús es, como dice el papa León XIV, una paz “desarmada y desarmante”, una paz que solo puede lograrse mediante la no violencia y que tendrá como consecuencia no el sometimiento o la destrucción, sino la liberación y la justicia, especialmente para los más pobres y vulnerables.
Por otro lado, fijémonos en la segunda parte de la proclama de los ángeles: la paz va destina da “a los hombres que Dios ama”. Es decir, a la humanidad en general. Es como decir que a Dios le caemos bien, le gusta nuestra humanidad, y no porque nos lo hayamos ganado a base de cumplimientos y buenas obras, sino porque sí, porque su amor es ilimitado y gratuito.
Seguramente ahora veamos a los pastorcillos que tenemos en el nacimiento de nuestra casa con otros ojos. Otra cosa, el texto no dice que le llevaran regalos al niño, es decir, no hay quesos ni tarros de miel ni tamborileros, sin embargo, ellos sí se llevaron un enorme regalo de su visita al pesebre.
“Los pastores volvieron glorificando y alabando a Dios”, justo lo que antes habían hecho los ángeles… Se ha producido en ellos un cambiazo, como dice Dolores Aleixandre, se han convertido en “mutantes”. Es decir, tras el contacto con Jesús Mesías, aquellos desheredados, aquellos descartados, salen convertidos en ángeles, mensajeros a su vez de la buena noticia que han recibido.
Vamos a ir terminando. Hemos hecho un recorrido por los relatos de la Navidad, primero Mateo y luego Lucas. Vamos a intentar ahora responder a la gran pregunta que los evangelistas tenían presente cuando escribieron sus textos: ¿Quién es Jesús para nosotros y que nos exige su seguimiento en el contexto en el que vive la comunidad?
En realidad esa pregunta por la identidad de Jesús y la exigencia de su seguimiento es la gran cuestión de todo el evangelio. Todos los temas que aparecen en los relatos del nacimiento son los mismos que se van a desarrollar a lo largo del evangelio. Podríamos decir que las historias del nacimiento son como la “obertura” del evangelio, igual que en las óperas donde las oberturas ya suelen encerrar todos los temas musicales que se desarrollarán en el resto de la obra.
Veamos en síntesis qué es lo que nos transmiten los relatos de la primera Navidad:
1. Jesús es el Mesías anunciado por los profetas y esperado por el pueblo de Israel. Los judíos que han prestado su adhesión a Jesús no se han desviado de las tradiciones de su pueblo, sino que son los más fieles a ellas, ya que son quienes han reconocido al verdadero Mesías, al nuevo Moisés, el destinatario de todas las profecías.
2. Pero, Jesús no da la talla como el Mesías que esperaban la mayoría de sus contemporáneos, incluidos sus propios discípulos:
3. La salvación que trae Jesús no es exclusiva para el pueblo judío. Se ha acabado la idea de que existe un pueblo elegido por Dios, un pueblo que tiene en exclusiva la salvación. No hay que ser judío ni practicar la Ley judía para ser seguidor de Jesús. Las comunidades cristianas pueden abrirse a los paganos, más aún, deben hacerlo para ser fieles a la memoria de Jesús. La llamada es a todos los hombres de buena voluntad que como los magos buscan respuestas y se arriesgan a ponerse en camino.
4. Jesús no es el Mesías hijo de David, sino que es hijo de Dios. No es el Mesías nacionalista guerrero que se enfrentaría a los romanos con sus armas y devolvería a Israel su antiguo esplendor. Jesús, desde su nacimiento como un pobre entre los pobres, alejado de los palacios de los poderosos, se identifica con un mesianismo desarmado y no violento, un proyecto alternativo que se basa en el amor y no en las armas como fuerza transformadora. Jesús nace pequeño y así seguirá, pues a lo largo de su vida se empeñará en ponerse del lado de los de abajo, los de fuera, los de lejos.
5. El nacimiento de Jesús nos habla de la humanidad de Dios… Mientras que el imperio convierte a un hombre en Dios para obtener la obediencia y la sumisión de los súbditos, Dios se hace hombre en Jesús para mostrarnos la dignidad del ser humano. La gloria del dios del imperio empequeñece a los hombres, incluso les quita la vida como a los inocentes; pero, la gloria del Dios de Jesús es que todos vivan y alcancen su completa estatura humana. Ya no somos súbditos ni siervos, sino hijas e hijos, llamados a vivir como hermanos.
6. Los relatos de la primera Navidad también nos hablan sobre donde podemos encontrar a Dios. Dios no está en Roma ni en el templo de Jerusalén. En el relato de Mateo, la estrella desaparece cuando llegan a Jerusalén, porque la luz de Dios es incompatible con una religión al servicio del poder, y solo vuelve a aparecer cuando los magos se ponen en camino. Tampoco está Dios en una religión que trata de comprarlo a base de rituales, sacrificios o devociones. A Dios le encuentran los que, como los magos, se hacen preguntas que aunque no sean oficialmente religiosas, sí son profundamente humanas. También le encuentran los que igual que los pastores se saben aceptados y queridos no por sus méritos ni por su riguroso cumplimiento, sino sencillamente porque Dios es amor, es decir, poque no puede remediar el querernos igual que el sol no puede evitar dar luz y calor.
Estamos tan acostumbrados a escuchar la narración de la primera navidad que nuestras mentes se quedan embotadas y adormecidas en medio del paisaje tierno y edulcorado que hemos creado, y no resulta fácil caer en la cuenta de la sorprendente provocación que aquellas imágenes suponían para los que las escuchaban en aquel tiempo. Los evangelistas crearon más bien un paisaje subversivo para encuadrar el nacimiento de Jesús de una manera bastante menos inocente de lo que parece a simple vista.
Si estos relatos se escribieran hoy… ¿dónde nacería Jesús? Tal vez en las ruinas de un edificio bombardeado en Gaza o en una habitación compartida por varias familias migrantes en un piso de cualquiera de nuestras ciudades. ¿Quiénes recibirían el anuncio del ángel? Tal vez, unos sintecho que dormían al raso o unas prostitutas que hacían la calle. Y ¿quiénes llegarían siguiendo la estrella? Tal vez, unos subsaharianos llegados en patera o unos ancianos, no muy amigos de la Iglesia, pero que nunca habían dejado de hacerse preguntas.
Mientras para otros, mejores, más religiosos, más puros, con mejor suerte, el hecho pasaría desapercibido…
Es posible que también hoy todos los poderosos del mundo juntaran su odio y su violencia para hacer callar la voz que en este nacimiento actual también se elevaría para gritar: ¡Alegraos!, ¡Dios está con nosotros!, ¡Dios es uno de nosotros!

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