LA ÚLTIMA SEMANA DE JESÚS
Tomo el título y alguna de las ideas de esta entrada de un libro de John Dominic Crossan y Marcus Borg publicado en 2007. Vamos a acercarnos a la última semana de Jesús. Generalmente en nuestras celebraciones nos centramos en los tres días centrales de la Semana Santa, pero los evangelistas, especialmente los sinópticos narran algunos episodios sucedidos desde la entrada de Jesús en Jerusalén que ayudan a entender el desenlace final.
Empecemos por una primera idea que es fundamental para entender el significado de esta semana. Para referirnos a lo que celebramos estos días usamos con frecuencia el término pasión. Esta palabra proviene del latín “passio” que significa sufrimiento. Y realmente los hechos narrados por los evangelistas son una historia de sufrimiento (arresto, juicio, tortura, crucifixión).
Pero, el término pasión en castellano también tiene la acepción de un “interés arrollador o un compromiso intenso y continuado”. Podríamos decir entonces que Jesús tuvo dos pasiones: la primera pasión de Jesús fue el Reino de Dios, el sueño de mundo justo y fraterno para todos, especialmente los más pobres y vulnerables. Jesús fue un apasionado del Reino. Y su segunda pasión fue la del sufrimiento que asumió como consecuencia de su primera pasión por el Reino y su justicia. Es decir, no se pueden desconectar la vida y la muerte de Jesús. La muerte de Jesús fue consecuencia de su vida, es decir, lo mataron por la manera en que eligió vivir.
Para narrar e interpretar los hechos de esta segunda pasión de Jesús vamos a seguir al evangelista Marcos, ya que en su relato tuvo cuidado en señalar lo acontecido cada uno de los días de esa decisiva semana. Solo dejaremos a Marcos, el jueves, ya lo veremos. Para no alargar este texto más de lo necesario, no voy a referirme a todos los hechos narrados en el evangelio cada día, sino en un texto significativo de cada uno.
DOMINGO
Jesús entra en Jerusalén montado en un borriquillo (que nadie ha montado todavía), la gente extendía sus capas sobre el asno o en el camino y otros lo cubrían con ramas. Todos gritaban: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
El domingo se narra la entrada de Jesús en la ciudad como una suerte de procesión. Muy posiblemente en otro extremo de la ciudad, ese mismo día tendría lugar una procesión muy diferente. Con motivo de la fiesta de la Pascua, la guarnición romana reforzaba sus efectivos con un contingente llegado desde Cesarea. Con un despliegue del poder imperial que representaba, el gobernador Poncio Pilato entraría en la ciudad al frente de soldados a pie y de caballería con sus estandartes y sus águilas doradas.
Dos procesiones el mismo día y con significados muy diferentes. La de Jesús proclamaba el Reino de Dios, la de Pilato, el poder del Imperio. Ambas ejemplifican desde el primer día de la semana el conflicto que llevará a Jesús hasta la muerte.
Para entender el significado de la procesión de los ramos, hay que conocer lo escrito por el profeta Zacarías: “un rey vendrá a Jerusalén humilde y montado sobre la cría de un asno. Él suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén: el arco de guerra será suprimido y proclamará la paz de las naciones” (Zac 9, 9-10). Mientras que la procesión de Pilato representa el poder, la gloria y la violencia del Imperio, la de Jesús es la procesión de un rey humilde que traerá la paz.
Sin embargo, la mención de que el burro está atado significa que esta línea de un mesianismo pacífico que está en el Antiguo Testamento no se ha desarrollado, mientras que aquella otra que preconiza un Mesías guerrero es la que tenía mucho más éxito entre los judíos del tiempo de Jesús. Por eso nadie “lo ha montado todavía”, porque no ha existido un líder capaz de cumplir esa profecía, hasta ahora todos los supuestos mesías se han caracterizado por su violencia y por reproducir idéntica ambición de poder que los enemigos a los que decían combatir.
Por eso en la procesión, los que acompañan a Jesús tienen dos reacciones: unos cubren al borrico con sus mantos, otros los ponen en el suelo ante él. Esto expresa dos actitudes contrapuestas, ya que el manto es figura de la persona; unos al ponerlos sobre el asno, aceptan el mesianismo humilde de Jesús y otros al ponerlos en el suelo siguen apostando por un líder poderoso ya que alfombrar con los mantos el camino que un personaje iba a transitar era la manera de reconocer su poder y brindarle sumisión, como aparece en 2 Re 9, 13, donde los oficiales del ejército reconocen la realeza de Jehú.
A pesar de los esfuerzos de Jesús, del burro y de la buena intención de algunos de sus discípulos, la multitud no parece haber entendido el mensaje. El texto nos dice que “los que iban delante gritaban” lo que parece indicar que hay gente que quiere marcarle en camino a Jesús, sin dejarle que lleve a cabo su misión. Para más claridad, los gritos como“¡Bendito el reinado que llega, el de nuestro padre David”, son más propios de un héroe victorioso que de un humilde profeta a punto de ser crucificado y ponen en evidencia que la muchedumbre se apunta no al reinado de Dios, que es el de la paz y la justicia, sino al del rey David, que no es precisamente el Dios Padre amoroso de Jesús.
Tal vez por eso, la escena concluye nuevamente de manera extraña. Jesús acaba de entrar en la ciudad entre aclamaciones, pero no hace nada más que echar una mirada en torno y marcharse de allí… Es su manera de expresar que no piensa aprovecharse del entusiasmo popular para una acción alejada del auténtico sentido de su misión.
LUNES
El lunes, Jesús protagoniza un episodio que será clave en el desenlace terrible de la semana. Se trata de su gesto profético en el templo: Regresa a Jerusalén y echa a los que vendían y compraban y a los cambistas en un templo que se había convertido en una cueva de ladrones.
Este episodio no describe un asalto por la fuerza para apropiarse del templo, como habrían hecho los zelotes, ni tampoco un arrebato de santa violencia. Más bien se trata de un gesto profético con un profundo significado sobre la calidad del mesianismo de Jesús. En esto se inspira en la tradición de los profetas del Antiguo Testamento que, como buenos publicistas, sabían que “una imagen vale más que mil palabras” y por eso trataban de llegar al corazón del pueblo a través de gestos y acciones simbólicas que transmitían el mensaje de Dios.
Para entender correctamente el episodio hay que tener en cuenta lo que significaba el templo como centro del entramado religioso, político y económico del judaísmo en la época de Jesús. En el templo se celebraba un culto diario, con dos sacrificios de animales, el de la mañana y el de la tarde. Estos sacrificios de multiplicaban con motivo de las grandes festividades religiosas como la Pascua, Pentecostés o los Tabernáculos.
Sacerdotes, funcionarios y guardias de distinto rango se ocupaban de dirigir y controlar esta actividad. Para sostenerla todos los judíos mayores de 20 años debían pagar un impuesto que se depositaba en el tesoro del templo, el cual funcionaba también como una especie de banco en el que las familias acaudaladas podían guardar sus riquezas con seguridad. Además, el templo tenía otras fuentes de ingresos: la venta de los animales para los sacrificios, el impuesto que se cobraba por el cambio de monedas (en el templo no podían usarse monedas paganas), incluso la distribución del agua para las purificaciones.
Todo esto constituía una enorme empresa dirigida por las familias de los sumos sacerdotes, que también eran los propietarios directos de muchos de esos negocios. De esta manera, no detentaban solo el poder religioso y político, sino también el económico, que se entremezclaban en un sistema del que obtenían grandes beneficios.
El sacrificio de animales era un práctica común en las religiones antiguas. La manera de dar culto a Dios, de agradarle para obtener su favor o su perdón, era “regalarle” un animal sacrificándolo o incluso quemándolo en el altar.
Cuando Jesús llega al templo, el foco de la escena se pone directamente en los vendedores de animales (Marcos nombra las palomas) y en los cambistas. Es decir, se pone el punto de mira en el gran negocio en el que el templo se ha convertido para los dirigentes.
Se dice que Jesús echa a todos del templo. Esto tiene dos consecuencias claras: Jesús no propone como los profetas y otros reformadores una purificación del templo, sino la total abolición del culto ya que si no hay animales no hay sacrificios.
A continuación, Jesús vuelca la mesa de los cambistas, atacando el punto neurálgico del sistema económico del templo. Y finalmente, se encara con los vendedores a los que acusa directamente de haber convertido la casa de su Padre en casa de negocios.
Curiosamente, Marcos nombra solo a los vendedores de palomas. En realidad se vendían también ovejas y bueyes, pues cuanto más grande y valioso el animal más contento debía de estar Dios. Pero la paloma es el sacrificio más pequeño, el que normalmente podían pagar los pobres, los más perjudicados por el negocio del templo.
Pero, además, las palomas se sacrificaban en los holocaustos propiciatorios y en los de purificación y expiación. Es decir simbolizan la corrupción de la religión en comercio, pues servían para “comprar” el perdón de Dios. Los vendedores de palomas representan a la jerarquía sacerdotal que comercia con el favor de Dios y ofrecen su perdón a cambio de dinero.
Este es el mayor fraude del templo: han convertido a Dios en un comerciante, y al culto en un pretexto para el enriquecimiento de unos pocos que explotan la vulnerabilidad e inocencia del pueblo.
Por eso Jesús lo contrapone a la casa, la casa de Dios. Porque su relación con Dios no es la del poder ni la del intercambio comercial, sino que como en una familia, todo es de todos y no existen jerarquías. De aquí en adelante, el lugar de la presencia de Dios, donde se le dará el verdadero culto, será allí donde reine el amor y la igualdad.
Este episodio es verdaderamente revolucionario, y no porque Jesús se liara a latigazos, sino porque le da un revolcón a la visión tradicional de lo religioso. No podemos comprar el favor de Dios con ritos ni acciones piadosas (eso se parecería más a la magia) ni mucho menos se puede aceptar que nadie pueda obtener un beneficio mercadeando con ello.
MARTES
El martes encontramos otro relato muy conocido. Fariseos y herodianos quieren pillar a Jesús con una pregunta trampa: ¿Está permitido pagar el impuesto al César? Jesús responderá con la famosa sentencia: al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Jesús ha llegado a Jerusalén consciente de que el enfrentamiento con las autoridades judías va a ser inevitable. De hecho, enemigos irreconciliables como los herodianos, simpatizantes del poder romano, y los fariseos, judíos piadosos opuestos a él, se han confabulado para acabar con Jesús. La pregunta sobre si se debe o no pagar el tributo al César es en realidad una trampa para Jesús, aunque pretenden ocultar sus verdaderas intenciones con un tonillo adulador (maestro, sabemos que eres sincero y todo eso…).
Si dice que no es legítimo, alineándose en las tesis de los nacionalistas radicales que consideraban que el pago del tributo se oponía al primer mandamiento (pagar el tributo significaba reconocer al César como Señor, en vez de a Yahvé), Jesús podría ser detenido por sedicioso por las autoridades romanas. Pero, si contesta que sí se debe pagar, quedaría desautorizado ante el pueblo. Vaya, que con esta argucia tratan de que Jesús pierda o la libertad o el crédito que tiene ante el pueblo.
Pero es que para Jesús se trata de un falso dilema. Algunos creen que Jesús se sale por peteneras, pero nada de eso. Es claro y tajante en su respuesta. En primer lugar, denuncia su hipocresía al querer tentarle, ya que la pregunta no parte de un escrúpulo sincero, sino que están fingiendo una fidelidad a Dios que, en realidad, no se corresponde con su vida. A continuación, les pide una moneda y les pregunta por la efigie y el texto que aparece en ella. Deben reconocer que la moneda es propiedad del César.
Para comprender la respuesta de Jesús es necesario caer en la cuenta del cambio de verbo. Ellos han preguntado si deben “pagar” y Jesús les corrige y habla de “devolver”. Ellos proponen un robo, es decir, quedarse el dinero que deberían pagar; de manera que dicen rechazar el dominio del César, pero no le hacen ascos a los beneficios económicos que les produce la situación política de servidumbre al imperio. Jesús les advierte: mientras usen el dinero del César, es decir, mientras se beneficien de la explotación que la conquista supone, estarán aliados con ese poder y mostrarán su sumisión a él. Sólo renunciando al dinero del César dejarán de reconocerlo como señor y podrán ser fieles a Dios.
La segunda parte de la conocida frase va más allá. Para ser verdaderamente fieles a Dios, no sólo tienen que devolver el dinero del César, es decir, renunciar al afán de lucro y la explotación, sino que deben devolver a Dios lo que es de Dios… ¿y qué es lo que pertenece a Dios? Pues, ni más ni menos que su pueblo, el pueblo de Dios. Un pueblo que los dirigentes han usurpado al propio Dios, manipulándolo en su propio beneficio a través de las instituciones religiosas como el templo o la ley. El pueblo ya no pertenece a Dios, sino que los dirigentes abusan de él imponiéndole pesadas cargas en su propio beneficio.
El texto de Marcos dice que los que había dirigido la pregunta a Jesús “se quedaron de una pieza”, pasmados y sin saber qué responder, pillados en su propia trampa. Normal, ya que Jesús no sólo pone al descubierto su mala fe, sino que denuncia el gran pecado de los dirigentes: oprimir al pueblo en nombre de Dios para obtener riqueza y poder.
MIÉRCOLES
El miércoles asistimos a un precioso episodio lleno de simbolismo: la llamada unción de Betania. Estando en casa de Simón el leproso, una mujer rompe un frasco de perfume de nardo muy caro y lo derrama sobre Jesús ante la indignación de algunos de los presentes, mientras que Jesús ensalza su gesto.
Estamos en Betania, lugar simbólico de la comunidad cristiana; en casa de Simón “el leproso”, lo cual es una manera de señalar que la comunidad se encuentra separada del sistema oficial de la religión del templo y de la ley, ya que se identifica con un leproso que es figura de los marginados.
Entonces entra en escena la mujer. En Marcos no tiene nombre ni cualidad alguna (no es la María de Juan ni la pecadora arrepentida de Lucas, protagonistas de escenas paralelas a ésta), lo que acentúa su carácter representativo. Marcos actualiza en esta escena a los personajes del Cantar de los Cantares, donde puede leerse que “mientras el esposo estaba recostado en su diván, mi nardo exhalaba su perfume” (Cant 1, 3).
El perfume simboliza el amor; que sea de mucho precio señala la calidad del amor que se entrega; que el frasco se quiebre, derramando todo el perfume es una manera de decir que es un amor que se da totalmente, sin medida, hasta incluso la entrega de la propia vida. Esa es, pues, la respuesta de los verdaderos seguidores al amor de Jesús: hacer lo mismo que él, amar hasta dar la vida por el bien de la humanidad. A la vez, el gesto de ungir, es decir, derramar el perfume por la cabeza, recuerda al rito con el que se nombraba a los reyes de Israel; la comunidad proclama la realeza de Jesús, es decir, lo reconoce como Señor de su vida.
Algunos de los presentes critican la acción de la mujer (“¿para qué se ha malgastado así el perfume?, podría haberse vendido ese perfume por más de trescientos denarios y habérselos dado a los pobres”). Por un lado, al negar el valor al gesto de la mujer, se lo niegan al amor mismo y a la muerte de Jesús; para ellos, entregar la vida es algo inútil, un verdadero fracaso. Por otro lado, la apelación a los pobres es una coartada que oculta una relación con los pobres desde la beneficencia y no desde la creación de igualdad. Los que critican están dispuestos a dar su dinero, pero no su propia vida. La comunidad cristiana no debe realizar caridad ocasional, sino que debe estar siempre del lado de los pobres y “hacerles bien”, es decir, luchar por su libertad y su desarrollo material y humano.
La escena termina con una sentencia solemne: “en cualquier parte del mundo entero donde se proclame esta buena noticia, se recordará también en su honor lo que ha hecho ella”. El evangelista ha elegido precisamente una figura femenina para ejemplificar para las futuras generaciones de cristianos lo que significa auténticamente seguir a Jesús, la unión entre la adhesión a su persona y la práctica, la perfecta respuesta a su amor compartiendo su entrega al servicio de la humanidad.
En el Evangelio de Marcos, el discípulo perfecto es una mujer.
JUEVES
Como he dicho al principio, el jueves dejamos a Marcos y vamos a acercarnos al evangelio de Juan… ¿Por qué? Pues porque en él encontramos uno de los relatos más bellos para expresar el sentido de la eucaristía, y por tanto el amor fraterno, que al fin y al cabo es lo que celebramos precisamente el jueves santo.
El cuarto evangelio es el que más espacio dedica a la cena de Jesús con sus discípulos antes de su detención, juicio y ajusticiamiento, nada más y nada menos que cuatro capítulos. Y sin embargo, no aparece en ellos el relato de la eucaristía… En su lugar el evangelista coloca otra narración que no es conocida por los sinópticos: el lavatorio de los pies.
Jesús es consciente de que “ha llegado su hora”. Es un momento de máxima tensión, Jesús ha acudido a Jerusalén a sabiendas de lo que se jugaba, no se enfrenta a la muerte arrastrado por las circunstancias, sino que asume los riesgos por coherencia con su misión, demostrando su amor hasta el extremo de entregar su vida. En ese momento quiere dejar a los suyos una última enseñanza, como una síntesis de lo que significa su vida y su misión. Juan narra la escena con muchos detalles y gran expresividad, como un cuadro que debe quedar grabado para siempre en la mente de los discípulos.
Jesús “dejó el manto y, tomando un paño, se lo ató a la cintura”. El manto es figura de la persona, por tanto, quitarse el manto expresa su entrega, Jesús da su vida. Toma un paño o toalla, símbolo del servicio y se lo coloca en la cintura, puesto que no es una acción puntual y pasajera, sino una actitud permanente.
“Echó agua a un barreño y se puso a lavarles los pies a los discípulos”. Lavar los pies es era una costumbre de cortesía muy común en la cultura judía y en general en todo el mundo oriental. La gente caminaba con sandalias por caminos polvorientos y al llegar a una casa, el lavatorio de pies era un signo de acogida y hospitalidad. No debía ser un trabajo muy agradable, en aquellos tiempos sin plantillas quitaolores ni ducha diaria. Por eso, de ordinario no lo realizaba el señor de la casa, sino un criado, un esclavo, la mujer al marido o las hijas al padre. Jesús se pone a realizar, pues, un trabajo servil y lo hace con cada unos de sus discípulos, sin ningún orden ni preferencia.
Jesús es Señor, pero este gesto transforma radicalmente el sentido de esa palabra. Para nosotros “señor” es quien tiene siervos, criados o empleados por debajo de él. Para Jesús, “señor” es quien no tiene a nadie por encima. No es, por tanto, que Jesús se abaje, sino que no reconoce ninguna desigualdad entre las personas. Por eso, al lavar los pies a los discípulos haciéndose su servidor, los eleva también a ellos a la categoría de señores, dándoles libertad y eliminando todo rango o preeminencia. Ese es el objetivo del amor, crear condiciones de igualdad y libertad a través del servicio mutuo. Dentro y fuera de la comunidad.
Pero, cuando le toca el turno a Pedro, éste reacciona con extrañeza: “Señor, ¿tú a mí lavarme los pies?” Pedro no acepta el gesto de Jesús porque se da cuenta de la inversión de valores que supone y del compromiso que exige. Es más cómodo para él servir a un “señor” porque así él también puede reclamar servicio a otros por debajo de él. Ante la insistencia de Jesús, su respuesta es una negativa rotunda: “No me lavarás los pies jamás”. Defender el rango de Jesús en el fondo le permite mantener también su estatus dentro del grupo. Pedro, en definitiva, no está dispuesto a aceptar el servicio como norma de su vida. Pero quien no admite la igualdad, no puede formar parte del grupo cristiano, “si no dejas que te lave, no tienes nada que ver conmigo”… Pedro acaba por ceder, pero no por convicción propia, sino por obediencia a la voluntad del jefe.
Acabado su gesto, Jesús “tomó su manto y se recostó de nuevo a la mesa”, la mención del manto recuperado hacer referencia a la vida que se entrega, pero que será devuelta por la resurrección. Toma el manto, pero no se quita la toalla, subrayando que se trata de una actitud permanente que culminará en su muerte. Recostarse esta la manera de comer los hombres libres, por tanto, su acción, el servicio que ha prestado a los demás no disminuye para nada su dignidad ni su libertad.
La escena termina con la insistencia de Jesús para que su acción se convierta en un signo distintivo de la comunidad y tenga validez para siempre: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? (…) también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros (…) dichosos vosotros si lo hacéis”. Jesús denuncia el espejismo de felicidad que otorgan el prestigio y el poder, no se es feliz dominando y creyéndose superiores a los demás, sino amando y creando igualdad.
Esta es la revolución de la toalla. En el fondo, la revolución de la toalla es también una revolución en nuestra forma de entender a Dios. Si Jesús nos muestra con su vida quién es Dios, Dios ejerce su señorío no acaparando ni desarrollando un ostentoso imperio sobre el mundo y las personas, sino llevando a todos a su máxima plenitud haciéndonos semejantes a él. Es una idea de Dios que favorece a los poderosos que suelen pensar que la grandeza de Dios legitima su dominio sobre los hombres. Pero, la revolución de la toalla destruye la pretensión de los grandes de al tierra. Si Dios es el primer servidor, la réplica más exacta de Dios es quien sirve a los demás de manera generosa y desinteresada. Con Jesús, Dios se ha bajado de su trono, ¿seremos capaces nosotros de bajarnos del nuestro?
VIERNES
Este es el momento culminante de la semana. El jueves, tras la cena, asistimos a la oración y el arresto en el huerto, la condena ante el sumo sacerdote y las negaciones de Pedro. El viernes, muy temprano, tras una reunión del sanedrín, Jesús es conducido ante el gobernador Poncio Pilatos que lo condena a muerte; es torturado y humillado por los soldados, conducido al Gólgota y finalmente crucificado con la razón de sus sentencia en una inscripción. Tras su muerte, Marcos introduce dos eventos breves pero muy significativos: la rasgadura del velo del templo y la confesión del centurión.
En el tiempo del que disponemos es imposible abarcar todos los sucesos del viernes. Vamos a referirnos tan solo a estos últimos.
Sabemos que la crucifixión era un instrumento para procurar la pena capital reservada a un tipo determinado de reos: esclavos fugitivos o insurgentes políticos que se hubieran rebelado contra el poder del Imperio poniendo en peligro la pax romana. Esto y la inscripción colocada por Pilatos sobre la cruz (el Rey de los judíos), dejan claro que Jesús es condenado como un rebelde.
Los romanos colocan la inscripción con un claro tono de burla, es como si dijeran, “mirad lo que hacemos con éste que se proclama vuestro rey, mirad lo que ocurre con quien se atreve a amenazar el poder de Roma”. Sin embargo, desde la perspectiva de Marcos y de los creyentes, Pilatos proclama, sin quererlo, que Jesús es verdaderamente rey, pero no un rey como los de este mundo, no un rey como el César; la calidad de la realeza de Jesús es diferente, porque su reino, como dirá Juan, no es como los de este mundo… El reino de Jesús es el sueño de fraternidad que Dios tiene para el mundo.
Cuando Jesús expira, Marcos dice que “la cortina que cerraba el santuario del templo se rasgó en dos, de arriba abajo”. En Marcos no hay terremoto que lo justifique, esto es consecuencia directa de la muerte de Jesús. Imposible entender esto como un hecho sucedido realmente… solo puede entenderse desde su interpretación simbólica.
El templo de Jerusalén tenía diferentes espacios. El más exterior era el patio de los gentiles, donde podía entrar todo el mundo, incluidos los extranjeros y los no judíos. A continuación, el patio de las mujeres, al que accedían solo los judíos, tanto varones como mujeres. En el interior solo entraban los varones judíos. Y finalmente, el espacio más sagrado, el sancta sanctorum o “debir”, el lugar de la presencia de Dios, que estaba separado por una cortina y que era tan sagrado que solo podía entrar en él el sumo sacerdote y lo hacía solamente un día al año, para la celebración del día del Yom Kippur, el día de al gran expiación. Esta rigurosa restricción dio lugar a la leyenda de la cuerda atada al tobillo del sumo sacerdote para poder tirar de él y sacarlo en caso de que sufriera algún percance mientras oficiaba en el interior del “debir”.
Sabemos era que se trataba de una cortina gruesa y pesada no de una gasa, lo que hace todavía más significativo el hecho de que se rasgue. La religión tradicional separaba a Dios del pueblo con una barrera infranqueable que solo podía superar el sumo sacerdote como mediador entre Dios y el pueblo.
Por tanto, decir que la cortina del templo se ha rasgado significa afirmar que la muerte de Jesús abre el acceso a la presencia de Dios a todas las personas sin distinción. Jesús es ya la única mediación para acceder a Dios, ya no es necesario el templo, ni los sacrificios, ni los sacerdotes, ni mucho menos el sistema de dominación y sumisión construido en torno a la religión.
El verdadero santuario, el lugar de la presencia de Dios es Jesús, la expresión máxima de su amor. La cortina del nuevo santuario se rasga con la muerte de Jesús y lo que estaba oculto puede manifestarse y comunicarse a la humanidad.
A continuación, el centurión que manda el destacamento romano que ha crucificado a Jesús exclama: “Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios”. La primera persona en todo el evangelio que proclama la filiación divina de Jesús es un pagano, y para más perplejidad de quien lee el evangelio, un oficial romano. El centurión usa el mismo título que Marcos en el título de su obra: “Origen del evangelio de Jesús, Hijo de Dios”.
Este detalle tiene dos lecturas complementarias. Por un lado, en una de esas ironías tan del gusto de los evangelistas, visualiza que aun siendo la víctima, Jesús ha derrotado al Imperio. De acuerdo con la teología imperial romana, el emperador era el hijo de Dios, es decir, quien detentaba la representación y el poder de Dios en la tierra. Si el centurión dice que Jesús es el Hijo de Dios, eso quiere decir que el emperador no lo es. El propio imperio testifica en su contra. Con su testimonio da la razón a Jesús frente a los que lo han conducido a la muerte.
Por otro lado, está el hecho de que sea un pagano. Hay que recordar que Marcos escribe para una comunidad cristiana mixta en la que hay algunos creyentes de origen judío y seguramente una mayoría de cristianos provenientes de la gentilidad. Marcos está reconociendo la fe y la adhesión a Jesús de esos hermanos, que no son cristianos de segunda, sino los que mejor han entendido el evangelio.
SÁBADO
Marcos no cuenta nada de lo ocurrido el sábado. Jesús es crucificado y enterrado la víspera del “Sabbat”. Luego, retoma el relato el domingo.
DOMINGO
El primer día de la semana, muy temprano, encontramos a tres mujeres (María Magdalena, María la de Santiago y Salomé) llevando perfumes al sepulcro para ungir el cadáver de Jesús. Encuentran la piedra corrida y a un joven vestido de blanco que les anuncia que Jesús ha resucitado y que si quieren verlo deben ir a buscarlo a Galilea. También les pide que anuncien todo esto a los discípulos. El relato acaba diciendo que las mujeres no cumplen el encargo del joven porque tienen miedo. Este es el verdadero final, bastante abrupto, del evangelio de Marcos. Todo lo que leemos después es un añadido posterior.
Fijémonos en los detalles. En un texto de unas pocas líneas se repite cuatro veces la palabra sepulcro. Es una manera de enfatizar el estado de ánimo con el que las mujeres se acercan a ungir a Jesús. Están desoladas, hundidas, convencidas de que la historia del hombre por la que habían apostado ha acabado en un absoluto fracaso; el que creían que era el Mesías no es más que otro profeta rebelde y fracasado que acaba como tantos otros antes que él.
Pero lo que el breve relato nos dice es algo profundamente evocador y poderosamente motivador para sus seguidores. El sepulcro no puede contener a Jesús, Dios lo ha resucitado, es decir, Dios está del lado de Jesús, no del de los poderes que lo han matado. Jesús está vivo y es posible encontrarlo de nuevo.
Y aquí hemos de caer en la cuenta de una clave que si nos descuidamos podemos pasar por alto: para encontrar a Jesús debemos volver a Galilea… Galilea es el lugar donde todo empezó, el lugar en el que Jesús anunció con palabras y hechos el Reino de Dios, donde desarrolló su actividad liberadora en medio del pueblo, el lugar en el que expresó que la salvación es para todos sentándose a la mesa con pecadores, publicanos y prostitutas.
Estos días que celebramos un año más la última semana de Jesús, puede ser un buen momento para hacernos algunas preguntas:
- Domingo: ¿En qué procesión quiero estar? ¿En la del imperio o en la del Mesías de la paz?
- Lunes: ¿Cómo es mi relación con Dios? ¿Trato de comprar su favor con promesas, ritos o cumplimientos? ¿O es una relación gratuita?
- Martes: ¿Intentamos usar nuestro poder o posición para imponernos sobre los demás e imponerles nuestras ideas? ¿O dejamos que cada uno sea como es con libertad y madurez?
- Miércoles: ¿Somos capaces de quebrar nuestro frasco de perfume para derramarlo con generosidad o preferimos guardarlo cerrado?
- Jueves: ¿Seremos militantes de la revolución de la toalla y nos arrodillaremos frente a los hermanos más necesitados o preferimos ser servidos a servir?
- Viernes: ¿Seremos capaces de descubrir en la muerte de Jesús la revelación de un Dios que es amor o nos quedaremos solo en el dolor y el sufrimiento sin sentido?
- Domingo de Pascua: ¿Buscaremos a Jesús en Galilea, es decir en el compromiso al servicio de la humanidad o en los sepulcros, los templos o la leyes?
Y en definitiva, ¿nos ha contagiado Jesús su pasión por el Reino hasta el punto de asumir también nuestra parte de pasión?
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