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JESÚS, FAN DE LO PEQUEÑO (Mc 9, 38)

 

“Ande o no ande, caballo grande”. Este conocido refrán se trae a colación para insistir en   el valor de algo por su gran tamaño. A la gente nos gusta “lo grande”. En el mercado de la vida, si podemos escoger, nos atrae la pieza más grande y llamativa. Sin mucha dificultad podríamos aplicarlo a nuestro deseo de estar por encima de los demás, de tener más que los demás, de aparentar, de figurar, de dominar… 

 

Pero esa no es la lógica de Jesús y del Evangelio. Una lógica a la inversa que ya nos tiene acostumbrados a darle la vuelta a nuestra visión de las cosas como quien da la vuelta a un calcetín. Jesús es fan de lo pequeño. 

 

En eso se parece a su Padre, ya que el Antiguo Testamento está recorrido por relatos y pasajes en los que se acredita la preferencia de Dios por los pequeños y los últimos… desde Abel a David pasando por Jacob, José o Benjamín. Es una verdadera obsesión, y si no, que se lo pregunten a Gedeón que, en vísperas de salir al encuentro del poderoso ejército madianita, se enfrenta a la exigencia de Yahvé para que reduzca su ejército de 22.000 soldados y lo convierta en un escuadrón de 300. Y eso, por no decir de las múltiples figuras femeninas, últimas e invisibles en aquel pueblo, que les sacan las castañas del fuego cuando las cosas se tuercen (Débora, Yael, Judit…). Y cuando se trata de elegir un lugar para el nacimiento del Mesías, Dios elige la sencillez de Belén antes que la arrogancia de Jerusalén. 

 

Por eso, no es de extrañar que Jesús tome la más pequeña de las semillas para convertirla en metáfora del Reino de fraternidad universal que anuncia con sus palabras y sus acciones sanadoras y liberadoras. Jesús prefiere la mostaza al “cedro altísimo en la cima de un monte” al que se refiere Ezequiel para hablar de la restauración de Israel. Y es que la salvación viene de una insignificante comunidad abierta a personas de todo origen y condición, no de la relevancia social, el afán de dominio, el esplendor y la grandeza.

 

Probablemente, uno de los pasajes en los que queda más patente esta irreprimible querencia de Jesús es en el capítulo 9 del Evangelio de Marcos. Mientras recorren los caminos de Galilea Jesús zanja la discusión de sus discípulos sobre quién es el más grande con un gesto y una enseñanza fundamental para la comunidad cristiana: sitúa a un chiquillo en el centro y lo pone como ejemplo para los discípulos, hasta el punto de identificarse con él (“el que acoge a un chiquillo como éste, me acoge a mí”). 

 

El refrán del caballo grande tiene también un puntito de ironía ya que viene a decir que con frecuencia lo grande también resulta aparatoso o inútil. Dios se ríe de nuestros aires de grandeza mientras abraza a los pequeños con una sonrisa llena de simpatía y misericordia. 

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