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EL AMO DE LA VIÑA TIENE CORAZÓN DE MADRE (Mt 20, 1-16)


Hace un tiempo vi en una red social la imagen de un desfile en el que un sacerdote lucía una sotana cargada de medallas adornando su pechera… Como es habitual, la foto provocó reacciones diversas; alguien preguntaba: “¿qué habrá hecho para merecerlas?” No pretendo cuestionar los usos y costumbres del ejército en el que el clérigo de la imagen servía como capellán; probablemente su participación en misiones acompañando a la tropa allí donde fuera enviado justifica, dentro de los códigos militares, el hecho de que pendieran de su sotana estrellas y cruces que nada tienen que ver con la de Jesús.

El caso es que me he acordado de esta imagen al leer el evangelio de hoy. Qué estructura, carrera o escalafón más diferente al del mérito, el premio y el honor nos presenta la parábola de los jornaleros de la viña. 

Probablemente es ésta una de las parábolas de Jesús que nos provoca mayor perplejidad, cuando no un rechazo instintivo. Nos cuesta entender la lógica del dueño de la viña y un comportamiento, a nuestro parecer,  injusto y arbitrario. O sea, nos cuesta entender y aceptar la imagen de Dios que Jesús quiere transmitirnos con el relato. La misma sorpresa, el mismo escándalo provocó Jesús en sus oyentes, especialmente en sus seguidores que todavía se debatían entre sus creencias heredadas y la experiencia sobre Dios que Jesús trataba de transmitir con sus palabras valientes y sus acciones compasivas.

Veamos. La viña es una de las metáforas bíblicas para hablar del pueblo de Israel, en este caso, el nuevo pueblo, la comunidad cristiana. Es Dios el dueño de la viña y los jornaleros quienes son llamados a trabajar para construir el Reino. El dueño de la viña va convocando a los trabajadores en distintos momentos del día, por lo que no es igual ni la cantidad de trabajo que realizan, ni la fatiga con la que lo desarrollan. A algunos les toca cargar con “el peso del día y del bochorno”, mientras otros apenas se cansan y se aprovechan de la bonanza que trae la caída del sol.

Es decir, en la comunidad, unos adoptan antes el compromiso, otros más tarde; hay distintas funciones y servicios; el rendimiento o la calidad del trabajo tampoco es el mismo, así como tampoco es igual la entrega y la profundidad con la que cada uno asume la tarea. 

La sorpresa llega al final de la jornada cuando todos reciben el mismo salario. Entonces estalla la incomprensión y la protesta ante la manifiesta injusticia del dueño de la viña. Los trabajadores de la primera hora se indignan porque esperaban recibir más, expresando su queja además con ciertos tintes de desprecio hacia sus compañeros.

Pero el dueño de la viña es contundente: no es una cuestión de tener derecho, de mérito o de justicia, sino que tiene que ver con la forma de ser del amo, que desborda de amor y compasión hacia todos, especialmente hacia los últimos. Fijémonos en la pregunta que el dueño-Dios dirige a los que protestan, “¿o ves tú con malos ojos que yo sea generoso?” La expresión “malos ojos” es un modismo semítico que significa tacañería y egoísmo, y que contrasta con los “buenos ojos” de la generosidad con los que el dueño mira a todos los trabajadores.

Hay quienes ven la religión o su relación con Dios como una especie de contrato que ambas partes se obligan a cumplir. Yo realizo actos “religiosos”, cumplo con determinados preceptos, incluso, realizo obras “de caridad” para con los demás… Y a cambio, Dios debe cumplir su parte y otorgarme bendiciones en esta vida y la salvación eterna para la otra. Incluso, consideran que quienes no establecen este contrato o lo incumplen, deberían sufrir las consecuencias. Y claro, quienes así piensan, se indignan y se revuelven ante un Dios que no tiene la toga de juez para repartir premios y castigos, sino el corazón de madre para mirar a cada uno con ternura, para amar y perdonar sin medida, para acogernos hasta el despropósito y la locura independientemente de nuestras acciones.

En la comunidad, ni los cargos o las funciones, ni la antigüedad o el compromiso, ni la calidad o la cantidad de los servicios crean ninguna situación de privilegio ni se convierten en méritos que deban crear ningún tipo de desigualdad. Igual que el llamamiento es gratuito, unos a una hora y otros a las siguientes, la respuesta también debe ser desinteresada. El compromiso de quien aspira a seguir a Jesús no puede nacer de la esperanza de obtener una recompensa, sino de la voluntad libre de realizar un servicio desinteresado. Y hacerlo con alegría, no mirando de reojo a los demás, como si ser cristiano fuera una suerte de competición.

Hemos de tener en cuenta otra lectura que está presente en esta y en otras de las parábolas narradas por Mateo. Este evangelista se dirige a una comunidad judeocristiana, es decir a creyentes provenientes del judaísmo. O sea, creyente de la “primera hora”. La parábola de los viñadores es un toque de atención a la comunidad de Mateo para que no se consideren mejores o superiores a sus hermanos llamados a formar parte de la Iglesia desde el mundo pagano, o lo que es lo mismo, creyentes de la “hora undécima”. 

El inicio y el colofón que enmarcan la parábola (“los últimos serán primeros y los primeros, últimos”) nos ayudan a entenderla y refuerzan el sentido del relato: la comunidad de Jesús es una comunidad de iguales fundada en el amor desinteresado y no en los privilegios o el mérito. A veces, nos consideramos s primeros (o hermanos mayores, como en la parábola del hijo pródigo); entonces no reaccionemos con rencor ante la ternura de Dios, alegrémonos por nuestros hermanos más pequeños. Y cuando nos sintamos últimos, agradezcamos ser hijos de un Dios que nos ama con locura más allá de lo razonable.

No es cuestión de medallas. Ante la llamada gratuita y el amor desbordante que recibimos solo nos queda agradecer que Dios sea así y tratar de reflejar algo de ese amor hacia los demás.

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