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DE PASTORES Y REBAÑOS  (Jn 10, 11-18)

 

Dicen los expertos que el lenguaje no solo describe la realidad, sino que tiene el poder de crearla o transformarla. Es decir, las palabras tienen un poder inmenso porque se convierten en una especie de “gafas” con las que vemos la vida a través de una serie de creencias y certezas que se alojan en nosotros, a veces de manera inconsciente, y nos hacen actuar en consecuencia.

 

Esto viene a cuento de algunas de las metáforas y parábolas que leemos en el Evangelio y que, a fuerza de repetirlas en un sentido casi literal, se han convertido en la manera en que muchos creyentes entienden su fe y su relación con Dios o con la Iglesia. Para algunos, son creencias apacibles e integradas en su vida. Para otros, cada vez más, constituyen una piedra de las muchas en las que su fe tropieza y que les lleva a convertirse, como dice John Shelby Spong,  en “antiguos alumnos de la Iglesia”. Es lo que trato de expresar con el titulo de este blog, tomado de un libro de Alberto Maggi: “leer el Evangelio y no perder la fe”. 

 

Una de estas metáforas que a algunos puede hacerles “perder la fe” es la que aparece en el evangelio de hoy: “Yo soy el buen pastor…” Esta bella expresión se enraíza en el Antiguo Testamento donde se usa para significar el cuidado amoroso y fiel de Dios para con sus criaturas y, especialmente, en referencia al pueblo de Israel.

 

Sin embargo, hablar hoy de pastores, ovejas, rebaños y rediles para aludir una institución o grupo humano, nos rechina un poco. No cabe duda de que esta metáfora se convirtió casi desde el principio en una especie de “pecado original” en la manera de entender la Iglesia. Lo que era una expresión de amor incondicional por parte de Jesús y la visión de una comunidad de iguales, pero diversa, se convirtió en la cristalización de una manera de entender la Iglesia como una institución jerárquica en la que unos dirigen, gobiernan, guían, saben… y otros obedecen, aceptan, siguen, desconocen… muchas veces sin emitir ni siquiera un triste balido. 


Hablar de pastores y ovejas refuerza un clericalismo que, como recuerda Rafael Narbona en un reciente artículo en Vida Nueva, el propio Papa Francisco considera una postura empobrecedora que “no solo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente”.  


Por todo ello, reconozco que siempre me ha resultado antipático pensarme en una Iglesia entendida como rebaño. Y estoy convencido de que es una visión que contribuye a abonar el imaginario rancio y poco sugestivo que tiene la Iglesia en nuestro tiempo. Los pastores marcan el camino y encierran a las ovejas en un redil para protegerlas de los lobos, aunque en ocasiones huyan ante su llegada o incluso confraternicen con ellos, compartiendo en la mesa la carne del cordero. 

 

Incluso, a veces, pienso que utilizar la palabra pastoral para aludir a toda nuestra tarea de evangelización en sus diversos contextos (educativo, parroquial, sanitario, social, etc.) puede resultar, como afirma José María Bautista, confuso y anacrónico.

 

Por eso, me gusta mucho un video que un compañero me descubrió hace mucho tiempo en un encuentro de formación de profesores de religión en el que la historia es un poco distinta. En esta versión de la parábola no es el pastor el que va en busca de la oveja negra para protegerla del malvado lobo del pecado,  la increencia, el hedonismo o la falta de valores; aquí vemos a la oveja negra dando la murga e insistiendo al pastor para que sea él quien la siga. Cuando finalmente lo hace, el pobre pastor se enfrenta a un camino escarpado y lleno de peligros… pero al final comparte con su compañera, sentados ambos al borde de un precipicio, la más maravillosa puesta de sol que aquel hombre hubiera podido imaginarse. 


La ovejilla negra de esa historia no acepta quedarse encerrada en ningún redil, por calentito, seguro y confortable que sea, sino que asume el riesgo de buscar por sí misma y arrastra al pastor hacia la intemperie, allí donde es posible encontrar a Dios entre los problemas de la gente. Porque los márgenes son el lugar donde Jesús, nuevamente en palabras del profesor Narbona, asume “la tarea de servir a los descartados. Jesús no se limita a prodigar palabras. También reparte panes y peces”. 

 

Igualmente, el Evangelio de Juan, no habla de una comunidad gobernada por pastores. Habla de un único pastor que es Jesús, que entregándose hasta la muerte regala a los suyos una vida de plenitud. Y de una comunidad de iguales que tienen con él una relación de amor y conocimiento profundo e íntimo. Una comunidad que no pertenece a un único “redil”, que no puede encerrarse en institución, nación, raza o cultura alguna. Una comunidad que camina por sí misma, sin más mandamiento que el que Jesús recibió de su Padre y que él nos transmite. Un mandamiento que no es una orden que obligue a la sumisión, sino una persuasión, un encargo que nace de la identificación íntima entre Jesús y sus seguidores: el amor hasta el extremo.

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