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LA MUJER DEL PERFUME, UNA MUJER QUE VALE EL DOBLE (Mc 14, 3-9)


Hace algún tiempo, escuché  un programa de radio en el que se proponían hacer un listado de los científicos más influyentes de la historia pidiendo a diversos investigadores que nombraran a los tres que a su juicio más se lo merecieran. Sólo les planteaban una condición: uno de los tres debía ser una mujer. Después, al establecer el orden, todas las mujeres que aparecieran recibirían doble puntuación. Discriminación positiva en atención a las enormes dificultades que las mujeres científicas han tenido que salvar hasta hace bien poco para poder desempeñar su vocación al servicio de la humanidad: incomprensión social y familiar, problemas para compatibilizar su vida personal y familiar debido a las expectativas sociales, prohibiciones absurdas y exclusión de la comunidad científica, falta de reconocimiento, mentiras y disfraces para hacerse pasar por hombres y hasta el robo descarado de sus descubrimientos por parte de compañeros varones. 


Y yo me preguntaba: si la contribución de las científicas debe valer por dos para hacerles justicia, ¿por cuánto habría que multiplicar el valor de cada mujer dentro de la Iglesia? No hace falta decir que formamos parte de una institución que a lo largo de la historia ha considerado a la mujer, en el mejor de los casos, como menor de edad. Y todavía hoy el techo que impide la participación de la mujer dentro de la comunidad eclesial en pie de igualdad con los varones no es de cristal, sino que está hecho con las páginas del Derecho Canónico. José Manuel Vidal, teólogo y periodista, afirma que la situación de la mujer en la Iglesia “es un pecado que clama al cielo y una flagrante discriminación ideológica que no tiene cabida en el Evangelio, uno de esos graves pecados de los que la Iglesia suele arrepentirse siglos después”. 


Como siempre, es bueno preguntarnos si encontramos en el Evangelio algo que nos ilumine. Con frecuencia, es en sus páginas donde se han encontrado argumentos para mantener una situación discriminatoria e injusta hacia la mujer. Por ejemplo, cuando se dice que Jesús sólo tuvo discípulos y que, en todo caso, aquellas mujeres que le seguían por los caminos de Galilea se encargaban de la intendencia, de “tareas de mujeres”, vamos. Parece que debemos ampliar un poco la mirada. Jesús fue un predicador itinerante, un maestro que no reunió a sus discípulos en un lugar determinado ni les ofreció un plan de estudios cerrado, sino que los invitó a experimentar en su propia persona la Buena Noticia que él predicaba siguiéndole y colaborando con él en sus acciones liberadoras al servicio de la gente. 


En el Evangelio de Marcos, Jesús aparece rodeado de mujeres en la escena de la cruz; se dice de ellas que “lo seguían y lo servían cuando estaba en Galilea” y que “muchas otras habían subido con él a Jerusalén”. Mateo también nombra a este grupo de seguidoras al pie de la cruz, mientras que Lucas, al describir la labor itinerante de Jesús anunciando el Reino, dice que le seguían los Doce y, tras presentar por sus nombres a algunas mujeres, se concluye diciendo que “le acompañaban (...) muchas otras que lo servían con sus bienes”. Estamos probablemente ante un dato histórico ya que, el hecho de que un maestro se dejara acompañar por mujeres es algo tan raro en las costumbres de la época, que de no ser cierto,
lo más probable es que los evangelistas se lo hubieran ahorrado. 


Es importante insistir en el hecho de que ese “servicio” al que se refieren los evangelistas nada tiene que ver con coser la ropa o lavar los platos en los que comían los apóstoles. El servicio es la característica del discípulo asociado a la misión de Jesús. 


Dicho esto, quiero poner de relieve una escena del Evangelio de Marcos, conocida por todos, en la cual es precisamente una mujer la que representa a toda la comunidad cristiana (como dice Francisco, con cierta ironía, “la iglesia es mujer, es la Iglesia, no el Iglesia”). Estamos en Betania, lugar simbólico de la comunidad cristiana; en casa de Simón “el leproso”, lo cual es una manera de señalar que la comunidad se encuentra separada del sistema oficial de la religión del templo y de la ley, ya que se identifica con un leproso que es figura de los marginados. 


Entonces entra en escena la mujer. En Marcos no tiene nombre ni cualidad alguna (no es la María de Juan ni la pecadora arrepentida de Lucas, protagonistas de escenas paralelas a ésta), lo que acentúa su carácter representativo. Marcos actualiza en esta escena a los personajes del Cantar de los Cantares, donde puede leerse que “mientras el esposo estaba recostado en su diván, mi nardo exhalaba su perfume” (Cant 1, 3). El perfume simboliza el amor; que sea de mucho precio señala la calidad del amor que se entrega; que el frasco se quiebre, derramando todo el perfume es una manera de decir que es un amor que se da totalmente, sin medida, hasta incluso la entrega de la propia vida. Esa es, pues, la respuesta de los verdaderos seguidores al amor de Jesús: hacer lo mismo que él, amar hasta dar la vida por el bien de la humanidad. A la vez, el gesto de ungir, es decir, derramar el perfume por la cabeza, recuerda al rito con el que se nombraba a los reyes de Israel; la comunidad proclama la realeza de Jesús, es decir, lo reconoce como Señor de su vida. 


Algunos de los presentes critican la acción de la mujer (“¿para qué se ha malgastado así el perfume?, podría haberse vendido ese perfume por más de trescientos denarios y habérselos dado a los pobres”). Por un lado, al negar el valor al gesto de la mujer, se lo niegan al amor mismo y a la muerte de Jesús; para ellos, entregar la vida es algo inútil, un verdadero fracaso. Por otro lado, la apelación a los pobres es una coartada que oculta una relación con los pobres desde la beneficencia y no desde la creación de igualdad. Los que critican están dispuestos a dar su dinero, pero no su propia vida. La comunidad cristiana no debe realizar caridad ocasional, sino que debe estar siempre del lado de los pobres y “hacerles bien”, es decir, luchar por su libertad y su desarrollo material y humano. 


La escena termina con una sentencia solemne: “en cualquier parte del mundo entero donde se proclame esta buena noticia, se recordará también en su honor lo que ha hecho ella”. El evangelista ha elegido precisamente una figura femenina para ejemplificar para las futuras generaciones de cristianos lo que significa auténticamente seguir a Jesús, la unión entre la adhesión a su persona y la práctica, la perfecta respuesta a su amor compartiendo su entrega al servicio de la humanidad. En el Evangelio de Marcos, el discípulo perfecto es una mujer. 

 

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