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JESÚS Y LA NIÑA DEL EXORCISTA


Hace unas semanas el dominical de un conocido diario publicaba una entrevista con un sacerdote especializado en exorcismos. Ante algunas de las respuestas de este hombre de Dios, no pude menos que recordar las escenas de aquella famosa película,“El exorcista”, con su niña girando la cabeza a toda velocidad, vomitando babas verdes y profiriendo blasfemias… Tampoco pude evitar preguntarme: ¿es que los cristianos debemos de creer en la posesión diabólica?

 

Resulta que la Iglesia sigue manteniendo la posibilidad de la posesión diabólica; continúa vigente el ministerio del exorcista, aunque con cierto escepticismo y prevención, y el propio Juan Pablo II, en su alocución del 13 de agosto de 1986, afirma la posibilidad de la posesión con estas palabras: “En principio no puede negarse que, en su afán de dañar y conducir al mal, Satanás pueda llegar a esta extrema manifestación de su superioridad”. 

 

¿Qué decir desde el Evangelio? En primer lugar, el testimonio unánime de la tradición sinóptica no deja lugar a dudas de que las expulsiones de demonios formaron parte de la actividad salvadora de Jesús. Los evangelios sinópticos, la mayor parte de las veces coincidiendo dos de ellos e incluso los tres, narran seis expulsiones de demonios, lo cual representa un número considerable.

 

La cuestión está, como en el caso de los milagros en general, en la interpretación que hagamos de estas narraciones evangélicas. ¿Se enfrentó Jesús a hombres poseídos por seres espirituales?, ¿los demonios son seres capaces de adueñarse de los cuerpos de las personas?, ¿se distinguía en aquella época entre la enfermedad física y la posesión diabólica?, ¿estas narraciones son fruto de la creencia de que las fuerzas del mal actuaban sobre los hombres provocando la enfermedad, especialmente la de tipo psíquico?, ¿los endemoniados eran en realidad enfermos de epilepsia?, ¿o bien, se trata de relatos inscritos en un marco esencialmente teológico?…

 

Las expulsiones de demonios ocupan un lugar destacado entre los relatos del evangelio porque el mensaje que los evangelistas tratan de hacernos entender con ellas es de central importancia para acceder al mensaje de Jesús y prestar adhesión a su persona y a su proyecto, lo cual, al fin y al cabo, constituye el objetivo de estos escritos.

 

Para entender los exorcismos de Jesús hay que caer en la cuenta de que el espíritu inmundo es un elemento contrapuesto al Espíritu Santo: así como éste hace crecer al hombre llevando a plenitud lo mejor de sí mismo en un compromiso de entrega por amor a toda la humanidad, el espíritu inmundo representa el impulso contrario, en vez del amor incondicional, la violenta hostilidad que busca el dominio individual o colectivo, aun a costa de causar daño a sus semejantes y por eso aleja de Dios.

 

Los exorcismos de Jesús liberan a los poseídos no de un ser maligno que les hace retorcerse, vomitar o hablar lenguas extrañas, sino de las múltiples formas de posesión que esclavizan a los hombres. Posesiones físicas y psíquicas, económicas, sociales, políticas, ideológicas e, incluso, religiosas. Con las curaciones de posesos el hombre recupera su humanidad hipotecada , el que era esclavo de estructuras e ideologías opresoras recupera su dignidad y vuelve a ser humano, libre para Dios y para el prójimo.

 

Veamos como ejemplo el relato del endemoniado de Cafarnaún narrado por Marcos en su capítulo primero (Mc 1, 21-28). El episodio transcurre en sábado y en el interior de una sinagoga: el sábado le permitía a Jesús encontrarse con la comunidad israelita observante que se congregaba en la sinagoga para escuchar la enseñanza de los letrados que tenía un carácter oficial; es decir, los que están en la sinagoga representan a los judíos integrados en la institución religiosa y observantes de la Ley. 

 

Entre los fieles de la sinagoga existe un hombre tan identificado con la enseñanza de los letrados que no puede tolerar que su autoridad doctrinal sea puesta en entredicho. La caracterización del personaje como miembro de la sinagoga y poseído por un espíritu inmundo hace de él una figura de aquellos que prestan su adhesión fanática a la ideología oficial del sistema religioso-político de Israel. La enérgica orden de Jesús que manda callar al poseído y salir al espíritu inmundo manifiesta su total rechazo a la tentación de poder representada por los partidarios de la institución. Jesús no pretende hacerse líder de un movimiento nacionalista para obtener el poder político, pues tal cosa supondría rechazar el Espíritu Santo que le mueve a una entrega total por amor a la humanidad y dejarse poseer por el espíritu inmundo del fanatismo religioso y el afán de poder.

 

El poseído queda sin respuesta ante la fuerza y la verdad de los argumentos de Jesús y, finalmente, aunque con mucha dificultad, cede de sus posiciones y acepta la nueva enseñanza, liberándose de su dependencia respecto a los maestros de la sinagoga. La expulsión del espíritu es imagen de la fuerza de persuasión de Jesús, capaz de vencer la resistencia fanática a su mensaje.

 

La pregunta que deberíamos hacernos no es si hay que creer en un diablo con cuernos y cola puntiaguda que puede dominar nuestro cuerpo o nuestra voluntad, sino cuáles son los demonios que nos dominan… ¿afán de dominio?, ¿superioridad?, ¿rechazo del diferente?, ¿ambición de poder o riqueza? Y también qué es lo que podemos hacer para liberarnos nosotros mismos y a nuestros semejantes de cualquier ideología, fanatismo, intolerancia o dureza de corazón que nos conduzca a la violencia. Jesús fue un hombre capaz de persuadir al más violento de que ese es un camino sin salida, un camino que conduce a la destrucción propia y de los demás. ¿Seremos capaces de dar a la Iglesia esa clase de exorcistas?

 

 

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